Cierto es que no se trata de uno de esos títulos especialmente desconocidos, que cayeron en el pozo del olvido poco después de que tuviera lugar su estreno. De hecho, Enter the void se está consolidando como un film de culto, aunque hay que ser cauteloso con el uso de dicha etiqueta. La película de Gaspar Noé dio mucho que hablar en su año de estreno, el todavía cercano 2009. Recibió críticas de lo más dispares, lo cual, a día de hoy, resulta estimulante para un futuro espectador en potencia. En lo que al plano internacional se refiere, Enter the void ganó dos premios en el Festival de Sitges: el Premio Especial del Jurado y la distinción a la Mejor Fotografía. Además, como era previsible al ser un film francés, obtuvo la nominación a la Palma de Oro en Cannes, que ganó La cinta blanca, del director austriaco Michael Haneke.

Gaspar Noé (Buenos Aires, 1963) ya había llamado la atención de la crítica, y, con los años, del público, con la controvertida Irreversible, un drama centrado el hecho de la violación en sí, donde las causas y las consecuencias quedaban de lado para mostrar la consolidación y la crudeza del horrible acto. Noé fue catapultado, para lo bueno y para lo malo, como el nuevo enfant terrible del cine francés (el director argentino está afincado en el país galo desde el principio de su carrera). El siguiente paso a dar no era fácil pues las expectativas eran bastante altas.

Enter the void fue su siguiente trabajo si obviamos la fallida Desrticted (2006), film compuesto por varios episodios que contó con seis directores, además del propio Noé. Enter the void  puede recordar en un principio  a la ya mítica Réquiem por un sueño (Aronofsky, 2000), pero sólo se pueden comparar en el tema, las drogas, y poco más. Ni siquiera las drogas son el eje principal del guión del argentino. Son la excusa para relatarnos una historia que gira entorno a la muerte. A la muerte, la infancia, el amor y la reencarnación. Uno de los reclamos de la película es la representación de una ciudad de Tokio decadente, oscura y serpenteada continuamente por luces de colores excesivos.

La historia, de la que nos gusta adelantar poco ó nada, da uno de los obligatorios cambios de rumbo y Tokio, de estar muy presente en la historia, pasa a un segundo plano, pero la luz, los colores y la fotografía siguen tomando el pulso de lo que acontece en el film. Se puede decir que la fotografía es la clave de Enter the void. El guión es original, interesante, pero es el punto de vista, y la manera de plasmar este punto de vista, lo que hace que el largometraje permanezca en la memoria del espectador.

Uno de los pecados de Enter the void, como en muchos títulos de Gaspar Noé, es el exceso.  Ángulos excéntricos, visiones paranoicas y escenas que no aportan demasiado, son algunas de las grietas presentes en las más de dos horas y media de metraje. La actriz Paz de la Huerta, a la que pudimos ver en Boardwalk Empire, está, sencillamente, magnífica en su papel de bailarina de streptease. Aporta la humanidad necesaria en un film que apuesta por lo extrasensorial, por lo esotérico y lo surrealista. Visualmente  Enter the void es una virguería. Atentos a cuando la cámara hace las veces de ojo humano en el  rostro del protagonista. Todo un logro.

 

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